martes, 27 de diciembre de 2011

Lorem Ipsum III

La segunda vez que la furia despertó el verdadero fuego fue cuando asesiné a Brian, mi hermanito menor. Recuerdo que desde entonces no soy la misma. La llama y la furia, ya no son algo desconocido sino un sentimiento más y esa fue una de las razones por la cual no pude detener la llama, evitar que me controle. Antes no podía controlarla, ignorarla, dejarla formar parte de mi.

Brian se había comidos mis panquesitos, había robado mis zapatillas azules de correr, me molestaba cosntantemente. casi rompe mi impecable libreta de calificaciones y nos había puesto en ridículo a Zack y a mi mientras estábamos en nuestra reunión para la universidad, gracias a amablemente los profesores habían decidido darnos otra oportunidad, sin contar que arruinó mi presentación para entrar al grupo de porristas de la escuela.

Estábamos solos en casa, yo le pedí que le bajara el volumen al televisor porque estaba estudiando y tratando de reponer los panquesitos que se había comido. Él ignoró mi petición, me sacó la lengua y subió, aun más, el volumen.
Quise retenerla, evitarla pero él era más fuerte que yo. El fuego nació en mi pecho, la piel me ardía, mi cabello y mis ojos se tornaron rojos, mi manos en llamas y mi respiración entre cortada. Una pequeña perdida de razón mientras que arrastré a Brian al patio trasero. El fuego de mis manos deshacían su camisa y su pelo rubio, y no castaño como el mio, se quemaba cada vez que rozaba con la llama. sus ojos azules y misteriosos cómo el mar me preguntaba que ocurría y porqué. Luego lo tiré contra un árbol y logré articular algunas palabras antes de que mi conciencia se desvaneciera:
-Corre, aléjate de mi todo lo que puedas, no mires atrás y no vuelvas para buscarme. Soy una amenaza para ti en este momento, ya no me podré hacer cargo de lo que suceda después de que el calor me ahogue y el fuego se apodere de mi. Lo siento... y cualquier cosa, no olvides que te amo.-
Mi hermano se echó a correr y lo vi alejarse de la casa. Estaba segura de saber a dónde iba y le bloquee la información a mi otro yo.
Otra perdida de conciencia.
Más tarde mi hermano yacía muerto sobre mi regazo. Su cuerpo desfigurado, sus ojos azules abiertos de par en par, y sus últimas palabras resonando en mi cabeza: Papá lo sabía, debes decirle. Te perdono.
Muerto en mis brazos, quemado por mis llamas, envuelto y sanado por mis lágrimas, yo era la única culpable de todo.
Me odié, sí que lo hice. Intensamente odie lo que hice, lo que podía hacer, mi habilidad, lo qué era y odie hasta mi existencia. Ya casi no me quedaban razones, ni mucho a lo que aferrarme para quitarme la vida de una vez.

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